Nuestra primer portada

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Revista "Madre Tierra"

sábado, 31 de octubre de 2009

Raíces Nuestras

Leyenda del fuerte diaguita de Tacuil

Este relato obtuvo el segundo premio, por el nivel primario, en el concurso Rincón Gaucho en la Escuela

Hace cinco años llegamos a Molinos, un pueblo situado en el corazón de los Valles Calchaquíes, en Salta. Yo estaba acostumbrado a vivir en zonas montañosas, pero este paisaje era totalmente nuevo para mí.

En nuestro primer viaje desde la capital de la provincia dejamos el pavimento y comenzamos a subir la Cuesta del Obispo, luego la recta de Tin Tin y, finalmente, alcanzamos Cachi, donde me llamó la atención la enorme escultura de un indio calchaquí que parecía observar, con actitud de defensa, el valle que tenía ante sí.
Después de cinco horas llegamos a Molinos, pueblo pequeño, de calles anchas y casas bajas, la mayoría de adobe. Una iglesia antigua y una casa hacienda muy imponentes hablaban de la de la historia española en estas tierras.

Fue un tiempo después, en una pequeña biblioteca del lugar, donde encontré, pegada en una pared, una lámina que me produjo mucha curiosidad. Era la figura del indio que había visto anteriormente: con un gesto duro pero lleno de tristeza, él observaba una escena trágica. En una meseta enclavada entre cerros había un enorme caserío indígena y allí sucedía lo peor que le puede pasar a un pueblo: invasión, violencia, despojo. Sus pertenencias desparramadas, su gente castigada por los conquistadores españoles y, lo más impresionante, pequeñas figuras humanas que caían desde lo alto, por un costado de esa planicie. El indio y el cóndor eran mudos testigos?

En cierta ocasión, acompañé a mamá a recorrer puestos sanitarios del interior de Molinos. Uno de ellos, al que llegamos por la tarde, quedaba a casi dos horas del pueblo. Subimos un camino angosto y bastante empinado; llegamos a la cima y al dar vuelta la curva apareció, protagonista y solitaria, la montaña cortada de la lámina del indio. Junto al camino un cartel decía: "Bienvenidos a Tacuil, tierra del vino".
Cuenta la leyenda que los antiguos pobladores de los valles de Salta, los diaguitas, vieron cómo seres extraños se apropiaban de sus territorios, con armas y con animales de presa. Las actuales localidades de San Carlos, Angastaco, Molinos, Seclantás, Cachi y Cafayate fueron escenario de grandes avanzadas de ese invasor bien equipado. A pesar de eso, los diaguitas los enfrentaron con valentía, usando tan sólo el arco, la flecha y la lanza, y como escudo, su bronceado torso desnudo. Esta desigual guerra duró casi diez años. Los diaguitas estaban comandados por un cacique de espíritu aguerrido y una gran inteligencia, al que la leyenda bautizó como Kalchaki, en idioma "kakano".

Ante el avance y el poderío del invasor, las fuerzas diaguitas fueron retrocediendo hacia lugares más estratégicos, como Colomé, Amaicha y Gualfin. Al llegar al Valle de Tacuil se atrincheraron en una altísima e inmensa fortaleza natural. En esta meseta resistieron cinco meses, hasta que, agotadas sus fuerzas por falta de agua y de alimentos, entregaron los niños a los sacerdotes que acompañaban a los expedicionarios. Finalmente todos, hombres y mujeres se arrojaron al abismo. Desde las alturas el cóndor mira y pasa? Este pueblo "de la aguada del alto", según su traducción en lengua kakana, recuerda la resistencia de los indígenas, especialmente de Juan Calchaquí.

El Fuerte de Tacuil es esta inmensa meseta de más de 400 metros de altura, de color rosa ladrillo. En este escenario tuvo lugar la trágica historia que acabo de contarles, en la que los indios valorizan la vida sólo cuando está asociada a la libertad.

Hoy en día Tacuil es una finca dedicada al cultivo de viñas. Los pobladores cuentan viejos relatos sobre la defensa del Fuerte. Dicen que había "una piedra trampa" en la única entrada a la cima del lugar. Quien no sabía esto y no tomaba precauciones, la pisaba y caía al vacío. Hay restos arqueológicos de antiguas construcciones y numerosas piezas de alfarería que dan cuenta de lo sucedido.


Por Juan Gerónimo Quiroga

El autor es alumno de séptimo grado en el Colegio N° 5054, de Molinos, Salta.

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