Nuestra primer portada

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Revista "Madre Tierra"

sábado, 16 de mayo de 2009

Leyendas de Nuestra Tierra: El Pujllay










También se escribe Pucllay.

Espíritu del Carnaval diaguita-calchaquí. Para algunos autores (Adán Quiroga) se trata de una deidad; en cambio para otros (Eric Bornan) no es sino un mero personaje del Carnaval. Esto último puede ser cierto en la actualidad, como consecuencia de un proceso de desacralización. Porque en ese caso, como en muchos otros, la representación habría terminado aboliendo a la divinidad, convirtiéndose en algo con fin en sí mismo, persona o personaje.

Pero tal vez nadie se atrevería a negar seriamente que el antiguo dios de la chaya esté vivo, de algún modo, bajo la ridícula apariencia del Pujllay.
Agüero Vera lo pinta como un dios efímero, que viene y se pone a llorar como un ebrio sentimental y lírico. Preside el Carnaval, pero no con la solemnidad y el terror, arma de los dioses, sino con la farsa. Más esta farsa, por la pasión y las lágrimas que la nutren, resulta dolorosa y profundamente humana, combinación que no encontraremos en los himnos báquicos, por lo que no es acertado asemejarlo a este dios del panteón griego. También se diferencia del espíritu burlón y maligno del viejo sátiro Momo, con el que asimismo se o suele relacionar. El Pujllay es menos mordaz, presuntuoso y caricaturesco que éste, más simple y también más hondo.
Pero del viejo dios no resta más que una piltrafa: un pobre muñeco pintarrajeado y andrajoso montado en un burro o un chivo, de pelo blanco y amigo de la orgía, al que se carga toda la culpa del Carnaval. También puede ser un hombre disfrazado de viejo alegre, que divierte con sus chistes y bufonadas, como un Arlequín de los indios. Las características que encarna este personaje son las del dios que representa ya sin saberlo: alegre, socarrón, impertinente, dicharachero, un poco truhán, pero bonachón, humilde y al servicio de los humildes, sin arranque alguno de sobrebia.
Del viejo ritual queda el ídolo, los coros, la vidalita acompañada por caja chayera y el entierro ceremonial, que bien podía simbolizar, en tiempos prehispánicos, el paso del solsticio de verano.
Su reinado es tan regocijante como efímero. Llega al comienzo del Carnaval en jocosa cabalgadura, seguido por una multitud que ríe y canta al son de las cajas o tamboriles indios, echándole almidón a la cara y azotándose el enharinado rostro con ramas de albahaca, mientras beben aloja y hacen estallar cohetes. Y el Miércoles de Ceniza, después de tres días de francachelas, lo llevarán en angarillas a enterrarlo en las afueras del pueblo, entre mares de lágrimas no tan fingidas, porque la tristeza es honda a esa hora. En su tumba echarán frutos para que se los duplique el próximo año, gracia que se le pide a un dios y no a un monigote.

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