Nuestra primer portada

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Revista "Madre Tierra"

sábado, 9 de mayo de 2009

Tradición gaucha









La incógnita no resuelta sobre la "prenda del payador" Santos Vega
La tradición dice que aquel trovador "murió cantando su amor", porque aparentemente no fue correspondido

Dos poetas argentinos: Bartolomé Mitre, en sus "Armonías de la Pampa", y Rafael Obligado en la más conocida de sus "Leyendas Argentinas" fueron quienes popularizaron la figura del inigualable payador Santos Vega.

Su estampa varonil de gaucho, recorriendo los pagos desde el Tuyú montado en su alazán tostado "antes muerto que cansado" y sobre todo, la voz incomparable con la que cantaba o improvisaba sus coplas en memorables payadas, han impreso en nuestro corazón argentino huellas indelebles.

Pero sabemos por coplas populares anónimas -que Mitre y Obligado citan- que "Santos Vega el payador/ aquél de la larga fama / murió cantando su amor/ como el pájaro en la rama" y que decí a: "cantando me han de enterrar/ cantando me´i de ir al cielo" y esta extraña premonición, que habla de amor y muerte es la que permite conjeturar sobre su vida y sobre su muerte.
Su muerte legendaria después de la payada fatal, ha quedado para siempre en los versos de Mitre y de Obligado.
Como poeta y como mujer, me atrevo a conjeturar acerca del amor de Santos Vega y me formulo la pregunta ¿quién fue, cómo era la "prenda" del payador?
La realidad histórica de una biografí a que escapa a los documentos, evadiéndose en alas de la leyenda, no puedo rescatarla.

Por eso me valdría de los mismos poetas que inmortalizaron la singular payada en la que el extraño forastero -llámese Juan sin Ropa o Juan Gualberto Godoy- venció a nuestro querido Santos bajo la sombra de un tala. Me valdré también de canciones populares que mencionan a la amada del insigne payador. Poetas y canciones coinciden en el retrato fí sico de la hermosa joven: sin duda, era morocha. La gentil "morocha argentina" que tipifica la antigua tonada provinciana con letra y música de Adolfo R. Avilés, es la "negra" de los "ojazos" como soles, que muy de madrugada brinda un "cimarrón" al noble gaucho en su amado rancho bajo la sombra del ombú...
Morocha, joven, esbelta, gentil, bizarra, trenzas negras, ojos renegridos: así era, probablemente, la amada de Santos Vega.

Pero ¿cómo correspondió al corazón de ese genial payador, que según las mentas "murió cantando su amor/ como el pájaro en la rama?" Aquí las lí neas tradicionales son divergentes. La que recogen Mitre y Obligado, la muestra fiel y amante; Santos Vega muere a su lado, pulsando la gui tarra que ella besara, entonándole sus últimas endechas: "Adiós, luz del alma mí a/ adiós, flor de mis llanuras/ manantial de las dulzuras/ que mi espíritu bebía".
La segunda corriente tradicional, la más verosímil y artística, según creo, muestra a la prenda del payador como quizás lo fue en realidad: una hermosa y sencilla paisanita cuyos ojazos negros iluminaban el rancho junto al ombú solitario, pero que fueron incapaces de leer en el alma del poeta payador la hondura de un destino trascendente. Y se apartó de él, temerosa de que la arrebatara ese viento de eternidad, como un pétalo de flor indefensamente leve.

¿Y cuál es el dolor que a tal punto aflige a Santos Vega que quizás en vano intentan consolar las acacias y sauces del camino inclinándose al paso del "centauro de las pampas", del "invicto Payador"?

La respuesta no se hace esperar y con ella según "los que saben de amores escondidos", concluye el vals cerrando el telón del drama con dos versos: "Sólo son culpables dos ojos renegridos de aquella gran tristeza que aflige al trovador".
Este final parece convenir más a la leyenda de nuestro payador que pasa incólume por la muerte de los pagos del Tuyú a los pagos del Cielo.

Y su "prenda" inspira también mi modesto homenaje a su recuerdo en esta décima:
Tiende, el tiempo, añeja, el ala.../ sólo mentas nos quedaron/ de los gauchos que payaron/ bajo el ombú o bajo el tala./ Más como Argentina gala,/ hasta nuestro pecho llega/ dulce voz de Santos Vega/ hecho guitarra y dolor/ y ese misterio de amor/ que con su "prenda" nos lega.

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